Fueron cuatro días espectaculares, no se niega nada eso. Es más, desde que supe la idea de la realización del festival, casi en el mes de mayo, mi cabeza no hizo sino pensar y pensar en lo maravilloso que sería estar casi una semana completa escuchando blues en vivo.
Finalmente el momento ansiado llegó y los amantes del blues en la capital pudimos disfrutar de un gran plato que comenzó con Barrelhouse Chuck y cerró con un espectacular jam.
Barrelhouse Chuck demostró por qué es uno de los grandes pianistas que tiene la escena de Chicago en la actualidad. Además de ser muy cálido como persona, tiene un sentido particular del humor sobre el escenario teniendo en Harmonica Todd una pareja que le hace el juego perfecto. Por su parte, Harmonica Todd es un virtuoso del instrumento, conocedor de muchas técnicas, y a la vez un gran artista que sabe manejar muy bien al público.
Michael Powers, al igual que en julio pasado, estuvo a la altura de los acontecimientos. Tocó esta vez con la organista Sarah McLawler, a quien poco vimos (porque estaba detrás del Hammond B3) y también escuchamos poco, pero con esa escasa aparición mostró que es una artista sin igual.
Al argentino Gabriel Grätzer lo vi solamente en el jam, por lo que poco puedo hablar. Sin embargo de lo que he escuchado en discos, lo que hizo en el último día y lo que dijeron algunos amigos acerca de su presentación, se puede concluir que es un excelente músico que maneja un discurso distinto al de los demás, pues él está mucho más enfocado hacia la enseñanza del blues, a conocer su historia, y por esa razón sus conciertos tienen un toque didáctico que los hace muy especiales.
El punto alto del festival fue The Pack A.D. Una propuesta completamente diferente. Todos venían a exponer su sonido blues tradicional, el que escuchamos en los discos de los grandes, el que transmitimos por la radio, pero este par de mujeres
vinieron con el punk-blues que, aunque no es una propuesta nueva, en nuestro país apenas se está conociendo. Sorprendente la fuerza que tiene Becky Black sobre el escenario, una voz que en cualquier momento se desgarra y recuerda a Janis Joplin. Además posee un gran dominio del slide, lo cual hace que las canciones de la banda suenen completas solo con la presencia de la batería de Maya Miller, quien se encarga de golpear sin piedad los tarros de su batería. Este dúo tiene bastante futuro. Quedaron con muchas ganas de volver a Bogotá, ojalá a Rock al Parque… ahí le dejamos la inquietud a Daniel Casas.
En cuanto a los colombianos, solo puede apreciar a Blind Charlie and the Killer Band y tengo que decir que realmente me sorprendió por la fuerza que tienen sus canciones, gracias a esa mezcla de blues y country. A eso le podemos sumar que sus compañeros de banda se han acoplado en buena medida, logrando así un sonido muy compacto. A The Black Cat Bone lo he visto varias veces, aunque quedo con la espinita esta vez porque su presentación en el Colombo Americano fue acústica. Smoking Underdog, tengo que verlos.
Musicalmente hablando, el festival superó mis expectativas. Sin embargo, creo que hay que hacerle algunos ajustes hacia futuro. Es obvio que es la primera vez y por lo tanto se tienen fallas. Lo primero que encuentro es que hubo muy poca prensa, no era suficiente con los afiches en los muros o los volantes que se repartieron en Hamburguesería. En los medios de comunicación fue poca la difusión que se hizo, tampoco hubo una rueda de prensa con los participantes (el viernes ya estaban todos en Bogotá), lo cual seguramente habría llamado más la atención del público. Por otro lado, tener cuatro conciertos por noche en cuatro escenarios distintos puede ser excesivo. Obviamente no se puede tener a un músico parado un día sin tocar, por aquello de los costos, pero se pueden buscar alternativas con escenarios de otras ciudades para que hacer alguna presentación: Medellín tienen festival de jazz, tiene un público al que le gusta el rock, a lo mejor es posible buscar cosass allí; Cali tiene un festival de blues que lleva dos años consecutivos, ¿por qué no buscar una alianza? Así también se abaratan costos. La idea de llevar el blues a toda la ciudad es buena, pero hay que ver también que la oferta era demasiado amplia, por eso también los costos altos de algunos conciertos, lo cual redundó en la amplia presencia de gente en la última jornada, el jam, pues ahí tendría la oportunidad de ver a todos los artistas invitados. Ahora, no estoy diciendo que el jam haya sido una mala idea, por el contrario es una buena oportunidad para ver a los artistas más tranquilos, con mucha frescura, además deambulando por el teatro y prestos a firmar autógrafos y tomarse fotos con los fanáticos.
Es posible que se queden muchas cosas en el tintero, tanto positivas como negativas, pero seguramente en algún momento se las haré saber a la organización del festival para cuando se esté pensando en el próximo Blues D.C. De todas formas, gracias a Carlos Lemoine por haber pensado en el blues de la capital, por haber sido la cabeza y motor de este primer festival de blues, que vengan muchos más… y ¡que viva el blues por siempre!











