Robert Johnson y el blues, un invento blanco

Escaping The Delta: Robert Johnson And The Invention Of The Blues
Elijah Wald
Amistad, 2004

El blues es un invento blanco. Esa teoría la he leído ya en varios libros, incluyendo éste que estoy reseñando. Con plena seguridad muchos ya han abandonado la lectura de este texto, otros deben haber pegado el grito en el cielo y algunos deben estar pensando que me enloquecí, porque cada vez me voy poniendo más a tono con este postulado. Sin embargo, la tesis principal del libro de Elijah Wald es que Robert Johnson, a pesar de su capacidad como músico, no era una figura importante en su época, por lo que la idea que se tiene de que es la gran leyenda del blues y el mayor exponente del blues del Delta es también una invención blanca, lo cual viene a unirse con el inicio de este escrito.
Elijah Wald propone un estudio muy juicioso de la obra de Robert Johnson, ubicándolo dentro del contexto social y musical de su época, cosa que otros autores no han hecho. En su análisis habla de los cantantes anteriores a Johnson, lo que era popular en su momento y cómo funcionaban las cosas cuando se tocaba en los juke-joints. Después expone la obra de Johnson, analizando cada una de las canciones, tanto su estilo como su letra, y luego propone lo que fueron las épocas posteriores a Johnson y su legado.
Wald parte de una premisa: Robert Johnson se volvió conocido cuando el blues desapareció de los listados de música negra, movido por unos nostálgicos coleccionistas y recreadores (o repetidores) blancos de blues, que lo elevaron a la categoría del músico más importante que haya tenido la historia del género.
De acuerdo con la evolución de la música negra, Robert Johnson era una figura menor, si se mira el contexto comercial, y poco pasó con su música luego de su muerte. Es decir, el trabajo de Johnson no tuvo ninguna influencia en sus pares negros, es como si no hubiese existido, por así decirlo, lo cual es una paradoja.
El blues, comercialmente hablando, es un invento blanco. Esto se afirma en dos cuestiones. La primera, quienes manejaban las casas disqueras eran blancos así como sus cazatalentos. Lo que salía de los “estudios” de grabación para convertirse en pieza de venta era lo que les gustaba a ellos, ese era el único filtro que había. En ese sentido, podemos decir que el blues era la música pop del momento por lo menos en lo que respecta a la agenda de la raza negra.
La segunda, el primer blues grabado fue “Memphis Blues”, registro del año 1915 hecho por Morton Harvey. A partir de ahí se pueden contar casi una docena de cantantes de blues que quedaron en disco, como Al Bernard o Marion Harris, conocida en su momento como la Reina del Blues. Este grupo no ha entrado en los anales del género, o poco se habla de ellos, sencillamente porque eran blancos. ¿Qué pasa entonces con el “Crazy Blues” de Mamie Smith? Pues que fue el primer blues grabado con orientación comercial hacia la raza negra. Si vemos lo que sucede desde ahí, las grandes figuras como Bessie Smith, Blind Lemon Jefferson, Leroy Carr o Charley Patton llegaron al estrellato porque sus canciones gustaron primero a los oídos blancos, quienes se encargaron de hacer que les gustaran a los negros con todas las técnicas de marketing de la época. ¿Pueden imaginarse, entonces, cuántos músicos hemos dejado de escuchar por ese sencillo filtro?
Ahora, ¿qué tiene que ver eso con Robert Johnson? Como músico profesional que era, debía tener repertorio variado para poder mantener encendida una fiesta durante una noche. Para aprenderse las canciones, estos artistas iban a las cafeterías que tenían rocolas y gastaban una buena cantidad de monedas escuchando una y otra vez los discos de moda.
Aquí viene el análisis de Elijhah Wald acerca de la obra de Johnson, en la que se pueden distinguir influencias de varios artistas, canciones escritas a partir de cambios de versos en las estrofas o mezclando textos de varias para hacer una sola composición. En ese sentido, Johnson fue un as pues supo conjugar toda la música que tenía en su cabeza para buscar sacar su sonido de la ruralidad, desarrollando además un estilo interpretativo que fácilmente podía trasponer el piano de un ragtime a la guitarra sin que perdiera su esencia.
Por otra parte, Wald analiza la parte lírica del material de Johnson, la cual lo ha lanzado a la leyenda. En sus canciones más famosas no hay alusión a que hubiera hecho un pacto con el diablo o usara brujería para llegar al “éxito” como lo han plasmado muchos historiadores. Johnson era un poeta y se valía de muchas figuras para escribir sus canciones, entre ellas los mitos y las historias de los afroamericanos que cuentan por montones a personajes que vendieron su alma al diablo en un cruce de caminos a la medianoche, un espacio que además es común en muchas culturas del mundo. A esto se suma que Johnson era un hombre al que le gustaba bromear, por lo que no era raro que quisiera llamar la atención con este tipo de temas.
¿Por qué para Wald, Robert Johnson era un artista menor? Algo básico es que nunca llegó a presentarse en grandes escenarios o, por lo menos, no se han registrado hallazgos de eso. Otro punto lo encontramos en que para muchos de sus pares, con algunos de los cuales el autor tuvo la oportunidad de hablar durante su larga investigación, Robert Johnson era un excelente músico, con una habilidad grande para tocar la guitarra pero no era considerado el músico más importante del Delta, simple y llanamente era uno de los mejores músicos jóvenes, pero había artistas que tenían más fama. Igualmente se considera el sitio de grabación de sus canciones: San Antonio, Texas, lugar al que llegaban grupos mexicanos y otra clase de artistas pero no los más grandes. Wald lanza una pregunta interesante: ¿Por qué Johnson, siendo un músico viajero, nunca grabó en una ciudad como Chicago, lugar donde algunos de los músicos importantes de la época registraron sus éxitos?
Elijah Wald también tiene en cuenta aquí que las canciones de Robert Johnson nunca llamaron la atención del público negro, a quien iban dirigidas. Las comunidades entonces apoyaban muchos a los artistas locales o con quienes se sentían identificados. Los discos de Johnson fueron pobres en ventas, por lo que se puede decir que no cautivó al público hacia el cual iba dirigido su producto. ¿Cómo lo demuestra? En su investigación para este libro, Elijah Wald sostuvo conversaciones con viejos habitantes de la zona por la que se movía Johnson, quienes pudieron haberlo escuchado. Hizo una lista de artistas importantes de la época y comenzó a preguntarles por ellos, encontrando gran cantidad de respuestas, las canciones que tocaban, su gestualidad en el escenario, entre otras cosas detalladas. Al mencionarles a Robert Johnson la respuesta era un sorprendente “¿quién?”.
Wald cita a Borges: Cada autor crea su propio precursor. En ese aspecto, dice Wald, el Robert Johnson que hemos escuchado por años es el que crearon artistas como Eric Clapton o The Rolling Stones. ¿Por qué sucedió esto? Porque a alguien en Columbia Records, al momento de lanzar la primera colección de canciones recuperadas de Robert Johnson, se le ocurrió llamarla “King Of The Delta Blues Singers” y quienes estaban dentro del movimiento ‘Blues Revival’ lo tomaron como un hecho. Fueron los coleccionistas blancos los que consideraron a Johnson como la figura emblemática del blues clásico, nunca las comunidades negras.
Concluye Wald su libro diciendo que todas las culturas tienen sus leyendas y Robert Johnson es una de ellas. Pero hay que verla desde un punto más terrenal, la leyenda de un músico joven que viajó por muchas ciudades, vistió elegantemente, grabó canciones y nunca tuvo que recoger algodón.
En definitiva, “Escaping The Delta: Robert Johnson And The Invention Of The Blues” hace emerger una nueva imagen de Robert Johnson separando el mito de la realidad, ofreciendo al lector una nueva apreciación del blues y de los artistas de la década de 1930. Es una bomba que hace explotar todas las nociones románticas que se tenían acerca del género y de una forma controversial, desentierra la realidad.

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